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Bernardette (39) y su hijo Tamek (11) acaban de mudarse a su nuevo departamento de dos dormitorios en el Central St. Giles, en el centro de Londres. Si bien llevaban unos años en la lista de espera para acceder a una de las viviendas sociales del Municipio de Camden, hoy Tamek toma solo unos minutos para ir a su colegio en bus y su madre puede caminar al trabajo. La renta de su departamento no supera los 800 dólares, pero su vecino de arriba – el malasio del pent-house – acaba de pagar 8 millones de dólares por el suyo.

Para poder construir en una de las zonas más caras del mundo, los desarrolladores del St. Giles debieron incluir en su esquema de desarrollo un 35% de vivienda social. Si bien el término tiene múltiples definiciones, la vivienda social en sus diversas variantes – desde la subsidiada hasta la de propiedad compartida – está destinada a aquella población que no puede pagar el valor o renta del mercado. Un sector de viviendas que representa un tercio del stock total en Londres y que, muchas veces, representa la única opción para muchos de los que pretenden vivir en la capital. 

A pesar de su condición de ciudad global – o quizás por ello – Londres calcula que para el 2025 tendrá un déficit de 325 mil viviendas, un 50% del total del déficit nacional. La gran mayoría del sector financiero percibe este problema como esencial, ya que reduce la productividad y empleabilidad en una ciudad que está en constante competencia con otras ciudades globales. 

“La vivienda debe ubicarse donde se pueda maximizar el uso del territorio, conservar energía y estar cerca de las escuelas, centros de trabajo, tiendas y el transporte público (…) asimismo, debe poder contribuir al desarrollo económico y ofrecer una variedad de opciones a la población”. Es una de las visiones del plan de Londres firmado en el 2002 por, entre otros, Richard Rogers, asesor en arquitectura y urbanismo del Alcalde. 

A diferencia de muchas otras ciudades Europeas en donde el problema de la vivienda social se intentó solucionar “almacenando” a las personas en bloques aislados en periferias monofuncionales, la forma en la que Londres ha construido ciudad siempre ha procurado incluirlas en zonas centrales. Siempre tratando de encontrar un “mix” y equilibrio social en una de las ciudades más diversas, racial y culturalmente, del mundo. Por ello, que Bernardette y Tamek puedan vivir cerca de su trabajo y escuela respectivamente, no es precisamente un lujo; es la consecuencia de una visión de ciudad con comunidades más integradas: una ciudad sostenible y compacta. 

El razonamiento detrás es bastante simple y, si bien tiene un necesario componente idealista y ético, es absolutamente pragmático. Mientras menos recursos se tienen, menos se puede gastar en transporte. ¿Por qué alguien debería pasar el 30% de su día gastando el 30% de su sueldo viajando hacia su lugar de trabajo o estudios? ¿Por qué dos personas que trabajan en el mismo edificio – uno limpiándolo y el otro en su oficina – deben vivir a horas de distancia? Menos transporte significa menos gasto de energía y menos contaminación. Menos segregación es menos descontento lo que le permite ahorrar a los gobiernos en salud, seguridad y educación. 

Claro que esta no es una actitud reciente, es una sólida política mantenida a través de los años. En su documental “Utopia London” el joven director Tom Cordell relata un periodo de posguerra “donde la arquitectura más ambiciosa de Londres servía a los hombres y mujeres comunes, en vez de a la iglesia o los bancos”. Una época de control estatal donde la vivienda social se ubicaba junto a algunos de los principales parques de la ciudad, rodeados de las zonas más adineradas; siempre con la intención de no solo hacer viviendas sino comunidades. Un periodo interesante pero corto, que fue perdiendo interés entre los políticos hasta llegar a desaparecer con el “Right to Buy”; uno de los pilares de la política de Margaret Thatcher, donde el stock de viviendas de los gobiernos fue puesto a la venta. Un libre mercado que se tradujo en la reducción de la construcción de vivienda social para la renta durante los últimos 30 años. 

Hoy muchos de los programas de vivienda están relacionados a grandes desarrollos urbanos multifuncionales. Dentro de uno de los más grandes en Londres – el King’s Cross Central – se pondrá junto a la estación del Eurostar (tren internacional), la Biblioteca Nacional y la Universidad de las Artes, unas 2000 viviendas nuevas. De estas, el 40% serán viviendas sociales de distintos tamaños y tipos, destinadas a estudiantes, familias y personas mayores. Una comunidad balanceada y mixta. 

Excepcionalmente (cuando el mercado podría llegar a saturarse, por ejemplo) se le permite a los desarrolladores construir la parte de vivienda social fuera del proyecto y, en otros casos, se les permite pagar un monto que posteriormente se destina a su construcción en otros proyectos. En cualquier caso, la política de Londres requiere que estas viviendas estén esparcidas a través del esquema general y no concentradas en un solo lugar; y que estas estén integradas guardando la misma apariencia exterior que el resto del conjunto. 

Podría pensarse que esto es un sueño de opio, algo solo posible en un estado socialista desarrollado. Sin embargo, no hablamos de Montreal, Londres es uno de los centros del capitalismo mundial. Cada libra que el gobierno invierte en vivienda social no solo procura resolver el problema de habitación en sí, sino que además pretende ser un impulso para la economía del país y el bienestar social.

Publicado en El Comercio el día 19 de Mayo del 2012

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