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La primera vez que me subí al nuevo bus de Londres no sabía cómo bajarme. Después de 42 años la ciudad había puesto en servicio un bus específicamente diseñado para la capital, retomando la esencia del mítico Routemaster. Además de un sinfín de beneficios, el nuevo bus ha traído de vuelta el tradicional sistema “hop-on, hop-off”: la plataforma trasera abierta que, ante la mirada del conductor (aquel que va parado en la parte trasera), permite a los pasajeros subir y bajar sin necesidad de que el bus se detenga en un paradero. Curiosamente, aunque a los limeños nos parezca un sistema familiar, para una ciudad como Londres este es un cambio fundamental. 

Luego de un tiempo estancado en el tráfico, mientras esperaba de pie el siguiente paradero y veía a los pasajeros lanzarse por la puerta trasera, decidí seguirlos no sin antes preguntarle al conductor cuándo podía bajarme. Cuando quieras, me dijo; solo mira bien que no venga una moto o bicicleta y ten cuidado con los autos. Para Boris Johnson, alcalde de la ciudad, este es “uno de los pocos ejemplos recientes de una política pública en la que se devuelve, a adultos responsables, la oportunidad de tomar un riesgo extra a cambio de una recompensa concreta.”

Espacio Compartido

Si hay algo que me ha sorprendido gratamente después de volver a vivir a Lima es la cantidad de ciclistas que veo por ahí. Pero ya no el deportivo o el recreativo, sino aquel que ha sustituido su medio de transporte, aquel que está dispuesto a aumentar esa cifra del 0.5% del total de viajes que hacemos los limeños. Con ellos ha venido un tímido interés por mejorar e incrementar la infraestructura y los kilómetros de caminos exclusivos para bicicletas, haciendo – en teoría – la ciudad más amigable para el ciclista. Todo bien hasta ahí, pero siempre es bueno cuestionar si esa es la mejor alternativa, o al menos si es la única.

Mucho antes que Boris existió un holandés que pretendió devolverle autonomía y libertad al ciudadano. “Si tratas a las personas como tontos, se comportarán como tontos”, decía. Hans Monderman fue un ingeniero de tráfico conocido por difundir en el diseño de calles el concepto de “Espacio Compartido” que busca reducir las demarcaciones que dividen las calles entre peatones, ciclistas y autos. El diseño está basado en la teoría de la compensación de riesgo, que sostiene que todos adaptamos nuestro comportamiento al nivel de riesgo que percibimos. Es decir, movernos en un ambiente más “seguro” podría ponernos en una situación de riesgo mayor.

La aparente mejora de la infraestructura vial de nuestra ciudad en los últimos años ha traído consigo una serie de túneles, zanjones, puentes peatonales, semáforos y todo lo posible para dejar muy en claro que las vías son para los autos, y sólo para ellos. Pero como sostenía Monderman, “(…) estamos reduciendo nuestra capacidad de tener un comportamiento social responsable. Mientras más recetas, menor será nuestro sentido de responsabilidad personal.” Siguiendo esta lógica, incrementar las señalizaciones y divisiones también hace el tráfico menos fluido aumentando el caos y la contaminación. Puede haber picos más altos de velocidad pero menores promedios de la misma. “Cuando no sabes exactamente quién tiene el derecho de pase, tiendes a buscar contacto visual con los otros usuarios de la vía. Automáticamente reduces tu velocidad y tienes mayor cuidado”, cuenta Monderman. Menos leyes y reglamentos, más convenciones sociales y protocolos. En Lima, aunque incipientes y hasta incompletas, ha habido pequeñas experiencias que han seguido esta filosofía como la Calle Bonilla y La Paz en Miraflores o el Boulevard Miguel Dasso en San Isidro.

Aquellos que rechazan las ciclovías segregadas tienen como argumento los riesgos que corren los ciclistas cuando deben cruzar las pistas, la dificultad y costo de su mantenimiento, así como el peligro de tener vías aisladas de cualquier tipo de supervisión. Con el obvio recelo que esto conlleva, Londres se ha resistido a implementar carriles segregados para ciclistas buscando una filosofía de calles y espacios donde todos respeten el derecho del otro de usar las vías, reconociendo el deber de cuidar a los demás usuarios. Incluso hace poco han comenzado a implementar calles con diseños basados en las ideas de Monderman, como la Exhibition Road, que media entre tres de los principales museos de la capital británica. Confieso que la primera vez que vi cómo los ciclistas compartían la vía con los autos en Londres juré nunca subirme a una bicicleta. Eventualmente lo hice y debo decir que, a pesar del pesado tránsito de autos y buses, uno puede llegar a sentirse extrañamente “cuidado” por los demás.

Es posible que las ciclovías segregadas sean lo más adecuado para Lima, en la mayoría de casos. Pero siendo una ciudad tan heterogénea y extensa la solución al problema de la bicicleta como transporte alternativo no puede ser estandarizada. Es bueno mirar afuera pero no para copiar y pegar soluciones. Puede que llevemos años de atraso pero cuestionando y siendo críticos podríamos tomar algunos atajos hacia el desarrollo.

Compartiendo.Es

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