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Caminando por encima de esta antigua ferrovía de carga neoyorquina siento que viajo en el tiempo. A siete metros de altura, viendo los autos desfilar debajo de mí, me pregunto si aquella vieja utopía moderna de separar peatones y automóviles en niveles superpuestos era realmente descabellada. Quizás, como soñaban los arquitectos de Manhattan de comienzos del siglo pasado, la idea de caminar por calles aéreas no es imposible. ¿Qué diría Harvey Wiley Corbett si estuviese caminando conmigo hoy?

Corbett soñaba con un Manhattan en donde cada manzana fuese una isla rodeada por un océano de automóviles; una “Venecia moderna” en la que el acceso a los edificios fuese a través de una red continua de calles elevadas. Éstas, excavadas o anexadas en los segundos niveles de cada edificio, estarían animadas por tiendas, restaurantes, servicios y todo lo necesario para recrear el ambiente de una calle “tradicional”.Si bien sus ideas se quedaron en el papel, el sueño de una circulación tridimensional, donde el movimiento de la ciudad horizontal fuese distribuido verticalmente, estaría en la partida de nacimiento de muchos proyectos modernos… y en la de defunción también. El tiempo, a veces cruel con la arquitectura, se encargaría de desnudar muchas de sus falencias. Nuestra meta es crear verdaderas calles aéreas, que la gente dependa de ellas para el acceso a sus viviendas (…) Las calles serán lugares, no corredores o balcones”, pensaba entonces el arquitecto inglés Peter Smithson. Pero muchas de estas “calles” terminaron siendo precisamente corredores; larguísimos, desiertos y peligrosos corredores.

Moverse en la ciudad en formas alternativas ha sido y sigue siendo una pregunta constante para arquitectos y urbanistas, pero la historia parece decir que esa interacción social, característica de la ciudad horizontal, no pudiera repetirse verticalmente. Para el filósofo Livien de Cauter: “(…) tan pronto se deja el suelo, tienes el problema de sentir que no estás en un espacio público real”. Quizás el High Line, sin proponérselo, pueda contribuir a responder la pregunta.

El High Line es un parque lineal que atraviesa de sur a norte el sudoeste de Manhattan. Funciona como su primo-hermano mayor: el menos mediático Promenade Plantée en Paris. Es un jardín colgante que recorre los distritos de Chelsea y Meatpacking tejiendo un conjunto de manzanas aisladas a su paso. Su historia es reciente, joven como los nuevos soñadores de Manhattan. En 1999 Robert Hammond y Joshua David, dos vecinos del barrio, se juntaron para formar “Los Amigos del High Line”. Querían intentar salvarlo de su demolición pues al fin y al cabo, pensaban, destruirlo sería más costoso para la ciudad que transformarlo en un espacio público. El siguiente paso sería el de su amigo Joel Sternfeld, fotógrafo que pasaría un tiempo documentando el paisaje sobre la vieja vía de tren. Con sus imágenes el sueño podría ser real, la naturaleza se había apropiado del High Line y había trazado el camino a seguir. Diez años después el proyecto se hizo con poco, fue una intervención muy precisa: algo más de acero, concreto, madera y claro, verde, muchísimo verde. “Estamos constantemente protegiendo al High Line de la arquitectura”, dice Ricardo Scofidio, uno de los autores del proyecto. Algunos viejos rieles – como llamando a la memoria- fueron dejados en su lugar original y también fueron añadidos accesos verticales. 

El High Line es un nuevo paradigma de espacio público, no solo por su diseño sino también por su modelo de gestión público-privada: la responsabilidad de su mantenimiento es compartida entre la ciudad de Nueva York y “Los Amigos del High Line”. El proyecto ha transformado la zona suroeste de Manhattan revalorizando cada propiedad a su paso. Los edificios que antes lo negaban hoy se anuncian “…con vista al High Line”. Quizás parte de su éxito radique en que no pretende emular las características de una calle “tradicional”. El High Line no depende de las actividades de su alrededor, más bien genera nuevas condiciones nutriendo a cada edificio colindante de diversas formas. Tampoco es un infinito corredor neutral esperando a la gente para animar su recorrido. Un pequeño teatro que desciende hacia la 10a Avenida, un cine abierto que proyecta sobre una veterana medianera, un cartel publicitario que en vez de perfumes “enmarca” peatones tomando un descanso, secciones en las que las vías atraviesan viejos edificios (como el de Nabisco con su fantástico Mercado de Chelsea) y plataformas elevadas que permiten caminar entre los árboles. Este parque lineal es una secuencia de lugares espacialmente definidos pero distintos, que permiten ocuparlos de incontables maneras.

Seguramente Corbett diría que el High Line no es su sueño hecho realidad. Al bajar la vista se daría cuenta que ese océano es aún de peatones y automóviles interactuando en el suelo. Pero también apuesto a que estaría de acuerdo conmigo en que estas viejas vías de tren generan una nueva condición: 1600 metros de una nueva, aunque curiosamente familiar, congestión.

Publicado en El Comercio el día 20 de Julio del 2013

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