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El documental “¿Cuánto pesa su edificio, Sr. Foster?” discurre a través de la vida de uno de los arquitectos más influyentes de los últimos tiempos, mostrando además cómo el vertiginoso crecimiento de su oficina la llevó a pasar de emplear 25 a 1400 arquitectos hasta hace algunos años. Para sus críticos, relata el documental, una oficina grande te permite hacer muchos edificios buenos, pero pocos brillantes. Sin embargo, Norman Foster ve en el tamaño de su oficina una herramienta con los recursos necesarios para poder jugar un papel clave ante los desafíos del arquitecto contemporáneo: modelar el futuro de las ciudades.

En un ranking publicado recientemente por la revista Building Design sobre las 100 oficinas de arquitectura más grandes del mundo, la norteamericana Aecom figura en primer lugar empleando a 1370 arquitectos. Los países que concentran la mayor cantidad de estas 100 oficinas son Estados Unidos y el Reino Unido, siguiendo en la lista oficinas en Asia, Europa y Oceanía. Las oficinas latinoamericanas están prácticamente ausentes del ranking, sólo representadas por la mexicana GVA & Asociados en el puesto 65, empleando 160 arquitectos.

Pequeña Escala

Hasta hace no mucho, discutir sobre el tamaño de oficinas de arquitectura en un contexto inmobiliario como el que tenía el Perú, podría haber parecido un chiste de mal gusto; pero el crecimiento del sector lleva a preguntarnos si las oficinas peruanas están o no preparadas para afrontar el tamaño y cantidad de proyectos que el mercado demanda. Por diversas razones, la arquitectura peruana más reciente ha sido desarrollada por oficinas muy competentes en la pequeña escala pero con pocas oportunidades de desarrollar proyectos de mayor envergadura. Oficinas que, además, cuentan con pocas herramientas de gestión y visión empresarial y por tanto, tienen menos probabilidades de volverse piezas claves en el desarrollo de nuestras ciudades. Como alguna vez le escuché decir a Elio Martuccelli: “Para bien o para mal, el arquitecto limeño – no sé si el peruano –  es un buen arquitecto de casas, hasta los dos pisos vamos muy bien. (…) la obra pública y la presencia de ésta en la ciudad ya es otra cosa. A pocos les va bien con eso”

¿Quién hace la ciudad?

Como arquitectos somos los primeros interesados en el futuro de las ciudades, pero pareciera que cuando escuchamos esta palabra sólo pensáramos en espacios abiertos – plazas, calles, parques, etc. – y si bien están entre sus componentes fundamentales, la ciudad se compone básicamente de arquitectura. En palabras de J.N.L. Durand: “Así como las paredes, columnas, etc., son los elementos que componen los edificios, los edificios son aquellos elementos que componen las ciudades”. Pero mientras nuestras discusiones giran en torno a la importancia de los espacios públicos, el rol del Estado o del Colegio de Arquitectos, las ciudades son construidas (como casi todo en este país en los últimos años) por inversionistas privados. A diario vemos aparecer verdaderos pedazos de ciudad en forma de centros comerciales y conjuntos habitacionales, modificando sustancialmente el paisaje urbano. Basta revisar edificios como Los Parques de El Agustino, de Carabayllo, San Martín de Porres, etc., con sus cientos de unidades de vivienda o las decenas de Centros Comerciales que aterrizan tanto en Lima como en provincias, para ver lo poco que éstos están haciendo por mejorar la ciudad. ¿Y cuál es el rol del arquitecto peruano en este contexto?

Jugadores claves

Es precisamente la virtual inexistencia de la oficina de arquitectura grande (en términos del mercado peruano) lo que hace difícil poder mejorar la calidad de esas propuestas. Como en cualquier ámbito, la falta de competencia sólo traerá malos resultados. En el Perú habrá oficinas chicas o medianas capaces de hacer edificios de gran escala, pero poquísimas con capacidad de hacerlos sistemáticamente. Sin tener datos precisos de cuántos son y su real tamaño, pienso en algunos estudios – DLPS, Metrópolis, Pragma, Arquitectónica – que sí se han planteado ser oficinas-empresas capaces de responder a esta demanda (la de edificios de escala metropolitana) constantemente. Oficinas que renunciaron a llevar el nombre de su fundador para tratarse, de tú a tú, con aquellas otras empresas que están tomando las decisiones sobre el futuro de nuestras ciudades; volviéndose, por tanto, piezas claves del juego.

Evidentemente siempre existirá una gran mayoría de oficinas pequeñas. La pregunta sería cuántas más de las otras pueden o deben coexistir en el mercado para tener una ciudad mejor. Quizás más importante para oficinas en proceso de consolidación, ¿Cuál es el cambio de mentalidad necesario para cambiar de escala? ¿Y si es que hay algo, a qué hay que renunciar? Lo que me queda muy claro es que este “boom” inmobiliario no ha venido de la mano de un cambio de mentalidad de los arquitectos y que mientras haya solo cinco jugadores jugando el partido habrá menos competencia y, por tanto, peores ciudades. Seguimos siendo “buenos arquitectos de casas”, pero trabajar a la escala del edificio individual puede ser insuficiente para afrontar los cambios que sufrirán nuestras ciudades.

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